La capital contiene la respiración: México suspende clases y vacía oficinas por el Azteca
México se mide a Sudáfrica el jueves y el Estadio Azteca se convierte en el primer estadio en albergar tres partidos inaugurales de un Mundial; la ciudad prácticamente se detiene.

Hay estadios que albergan partidos; a unos pocos se les pide poner la historia en escena con fecha fija. El Mundial más grande de la historia arranca el jueves 11 de junio con el México–Sudáfrica del Estadio Azteca: el partido inaugural del primer torneo de 48 selecciones y 104 encuentros, repartido entre Estados Unidos, Canadá y México. Los números son nuevos, el formato es nuevo, buena parte del mapa es nueva. El escenario, deliberadamente, no lo es: por una noche, todas las conversaciones del fútbol mundial pasan por un solo coloso de hormigón en la capital mexicana.
El escenario también hace historia. Tras abrir las ediciones de 1970 y 1986, el Azteca se convierte en el primer estadio que acoge tres partidos inaugurales de un Mundial. En los documentos del torneo, la FIFA lo registra como Estadio Ciudad de México; para la ciudad que lo rodea, siempre fue simplemente el Azteca. A ningún otro estadio se le ha confiado tres veces la primera noche de un Mundial — y la tercera llega con la competición en su versión más grande.
Poner a punto el viejo coloso exigió una renovación cifrada en unos 3.600 millones de pesos — alrededor de 160 millones de euros — terminada a comienzos de 2026, con un aforo de unas 87.500 localidades. El Azteca sigue siendo así el estadio más grande de América Latina, y la obra se cerró con meses de margen, no con días: en la historia reciente de las construcciones mundialistas, no es poca cosa.
La capital, mientras tanto, vivirá el día como festivo, por decreto. La presidenta Claudia Sheinbaum ordenó teletrabajo para los empleados federales de Ciudad de México el 11 de junio y suspendió las clases en todos los niveles, del preescolar a la universidad, en centros públicos y privados. Es una coreografía cívica llamativa: a una ciudad enorme se le pide, con cortesía pero por escrito, que se aparte para dejar pasar un partido de fútbol.
La medida, reportada esta semana por ESPN, no es un cierre total: quedan exentos la salud, la seguridad, la infraestructura crítica y las operaciones del Mundial — la maquinaria que una ciudad anfitriona no puede detener. "Este decreto es para que la ceremonia inaugural pueda realizarse sin tráfico ni problemas el día del Mundial", explicó Sheinbaum, y se invitó a los empleadores privados a seguir el ejemplo del gobierno y dejar también a su gente en casa.
Los preparativos van mucho más allá de un solo jueves. La prensa local describe una ciudad rehecha alrededor del torneo: más de 2.000 obras públicas, renovaciones en 20 estaciones del Metro y rutas mejoradas entre el Azteca y el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México — la logística sin brillo sobre la que descansa, en silencio, un mes de fútbol. Un Mundial se juzga por sus partidos; una ciudad sede, por todo lo que los rodea — y Ciudad de México ha decidido claramente no dejar ese veredicto al azar.
La fiesta ya desbordó las calles. En plena cuenta regresiva, miles de aficionados se congregaron en una avenida cercana al estadio para intentar un récord Guinness de la mayor ola humana del mundo — una ciudad ensayando, en el fondo, el gesto que espera repetir todo el verano. No hay nada sutil en ello, y a nadie parece importarle; las noches inaugurales no están hechas para la mesura.
La ceremonia previa al pitazo inicial sigue, oficialmente, sin confirmarse. El cartel del que hablan los reportes — aún no anunciado por la FIFA — incluiría a Maná, Belinda, Lila Downs, J Balvin y Shakira, con Alejandro Fernández cantando el himno mexicano y Tyla el sudafricano. Si sube al escenario aunque sea la mitad de ese cartel, la noche sonará como México quiere que se sienta este Mundial: fuerte, local e imposible de ignorar.
Después, manda el fútbol, y no suelta en mucho tiempo. Treinta y nueve días, 16 ciudades sede y 104 partidos separan el pitazo inicial del jueves de la final del 19 de julio en el MetLife Stadium; un torneo de este tamaño se comporta menos como un evento que como una temporada en sí misma, extendida por tres países. En algún punto de esas cinco semanas y media aparecerá un campeón — y el ruido de la noche inaugural se habrá fundido hace tiempo con el rumor general del torneo.
Pero todo eso llegará después. El jueves, el Mundial pertenece a un solo edificio — un estadio que puso en escena su primer partido inaugural en 1970, el segundo en 1986, y que lleva cuarenta años esperando el tercero. Escuelas cerradas, oficinas vacías, una avenida ensayando su ola — y, por una noche, la catedral más antigua del juego vuelve a ser el centro del mundo del fútbol.
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